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Revista K.
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Seguir siendo sionista

El proyecto de emancipación sionista suponía deshacerse de la influencia que el antisemitismo hacía pesar sobre el destino judío. Ahora bien, hoy que Israel existe, sus actos tienden a legitimarse y a justificarse a partir de la amenaza irreductible de un odio eterno, como si la realización misma del proyecto no hubiera desplazado en nada las coordenadas de la vida judía. A partir de esta constatación, Alexandre Journo concluye en la necesidad de una autocrítica del sionismo, no como una concesión hecha a quienes quisieran verlo desaparecer, sino como el único medio de llevar el proyecto hasta su cumplimiento.

« JNF Box », por Zeev Barkan, CC BY 2.0

El 7 de octubre tuvo repercusiones paradójicas para el sionismo. En los días que siguieron, la ola mundial de antisemitismo volvió a demostrar la necesidad imperiosa del sionismo. El antisemitismo se desató en todas partes, incluso en América del Norte, donde hasta entonces las escuelas judías y las sinagogas no necesitaban furgones policiales. Si la crisis renovó la necesidad del sionismo, también puso en evidencia su carácter disfuncional, ya visible en vísperas del 7 de octubre con aquella coalición de extrema derecha. Todos los diques habían cedido entonces, y tras el 7 de octubre se vio desbordarse todo aquello que ya se encontraba en estado latente en Israel: odio desatado contra los árabes, llamados a una “segunda Nakba”.

Sobre todo, el sionismo ha pasado a ser completamente demonizado en el exterior. Ya no se da por supuesto, hasta el punto de que incluso el presidente Macron recordó que Israel solo debía su existencia al beneplácito de terceros1. Es necesario tomar la medida de esta desvalorización del sionismo y dejar de creer que desacredita automáticamente a quienes la enuncian. Desde su origen, el sionismo consistía ya en tomar nota de una derrota: la de la persistencia de la hostilidad contra los judíos tras la Emancipación. Se trataba de responder a ello de manera concreta, en lugar de limitarse a enumerar las faltas de los antisemitas ante un poder indiferente. Hoy debemos preguntarnos cuáles son las responsabilidades del propio sionismo en la derrota contemporánea.

Este ejercicio de crítica interna es difícil de llevar a cabo, incluso en el fuero interno, porque los procesos de deslegitimación de Israel cumplen una función de glacis protector: nos impiden bajar la guardia y mirar de frente nuestra historia y el estado en el que se encuentra hoy Israel. Desde hace dos o tres décadas, la imagen ideal que nos hacemos de Israel —democrático, dispuesto al land for peace— ya no corresponde realmente a la realidad. Sin embargo, esa imagen ha sobrevivido entre nosotros, no por un simple cegamiento propio, sino debido a una impugnación total de la propia existencia de Israel, promovida por un discurso antisionista que solo ama a los judíos cuando son parias e irresponsables, y que “condensa” sobre Israel toda la crítica a Occidente, al Estado y a la modernidad política. Enemigos de este tipo canalizan nuestra energía y nos colocan en una postura defensiva. Mientras tanto, el Israel real deriva hacia el iliberalismo y se radicaliza, se alía con las extremas derechas europeas2, profundiza la colonización para impedir el advenimiento de un Estado palestino y ha llevado a cabo una guerra que progresivamente se ha revelado ilegítima. Eso, hoy, todo el mundo lo ve.

“Este ejercicio de crítica interna es difícil de llevar a cabo, incluso en el fuero interno, porque los procesos de deslegitimación de Israel cumplen una función de glacis protector: nos impiden bajar la guardia y mirar nuestra historia y el estado en el que se encuentra hoy Israel.”

El texto que sigue es el de un judío francés, sionista, que experimenta un malestar frente al sionismo tal como es hoy, tal como se concibe y se transmite —en particular en las instituciones judías francesas—, tal como se ha realizado. Y que, pese a todo ello, sigue siendo sionista. Porque el sionismo es efectivamente la respuesta a la condición judía moderna, imposible, aquella que puede impedir una nueva tragedia judía. Para superar este malestar, hacen falta nuevas bases que permitan al sionismo realizarse de manera legítima. Este trabajo no está provocado por el imperativo del mundo a condenar el sionismo, sino por razones internas al mundo judío. Para las generaciones jóvenes —que solo han conocido un Israel bajo Netanyahu, un Israel expansionista y que ha abandonado el proceso de paz—, el mundo judío no tiene para ofrecer más que una versión calcificada e incapaz de actualizarse del sionismo. En ausencia de una revisión crítica, no podrán sino alejarse del sionismo y, con ello, del mundo judío.

Antes de iniciar este examen, definamos el término del debate, hoy ampliamente desviado de su sentido. El sionismo es una doctrina nacida a finales del siglo XIX a partir de la decepción frente al fracaso de la emancipación de los judíos en Europa y frente al surgimiento del antisemitismo. A ello, el sionismo responde con la reivindicación de una definición nacional para los judíos y con la búsqueda de una autoemancipación como mayoría soberana en la tierra de Israel. Dicho de manera más simple, el sionismo no puede reducirse a la mera fórmula “creo en el derecho de Israel a existir”, sino que confiere a ese derecho un valor prescriptivo: el establecimiento de un Estado judío fue (y es) algo bueno para el hecho judío. Todas las variantes del sionismo pueden admitir este núcleo común.

https://www.flickr.com/photos/omert/2244133021/in/faves-63368930@N04/ « Spinoza meets Ben Gurion », Omer Tamir, CC BY-ND 2.0

El sionismo desde la diáspora

El sionismo como respuesta al antisemitismo

Esta definición de base encubre numerosos puntos ciegos e imposibilidades. Para dar cuenta de su contenido, intentaré exponer la manera en que el sionismo se transmite y se enseña en los ámbitos comunitarios judíos franceses, en el sistema educativo judío.

Se nos transmitió la idea de que el sionismo nos restituye en nuestra dignidad, de que el sionismo era la solución autónoma al antisemitismo. Es una idea performativa: si se cree en ella, Israel nos devuelve efectivamente la dignidad. Ni siquiera es necesario hacer aliá para beneficiarse del retroceso del antisemitismo consecutivo a esta transformación de la condición judía. El antisemitismo es una psicosis, según la expresión de Pinsker, pero solo se materializa —como todo comportamiento cruel— frente a alguien más débil que uno mismo. Opera en grupo, detecta la debilidad para acusarla y gozar de ella. El sionismo propone aquí un análisis pesimista de la naturaleza humana y de su relación con la alteridad irreductible, pero responde a ello de manera concreta. El antisemitismo existe, y la moral no sirve de nada contra él. El sionismo se propone entonces responderle de dos maneras: marchándose; y dejando de ofrecerle un punto de apoyo.

El antisemitismo es mimético: cuando percibe que la violencia contra los judíos está permitida, la autoriza aún más. Es esta lógica cruel la que se despliega sobre el pequeño Iliucha al final de Los hermanos Karamázov. Su padre es humillado, los niños perciben su nerviosismo, el olor de la sangre, y conspiran para atacarlo. Cuanto más se recrimina, cuanto más constata su soledad, más ellos lo atacan. «¡Eh, trapo de estopa! —le gritaban—, hemos arrastrado a tu padre por la barba fuera de la taberna; y tú corrías a su lado pidiendo clemencia».

Cuanto más se lo designa como débil, como víctima canónica, más suscita la misma pasión de odio. Esta pasión se intensifica cuando se trata de una víctima “ejemplar”, “primera de la clase”, y sin apoyos. El sionismo apunta a cambiar la percepción que se tiene de los judíos, a dejar de exhibir a cielo abierto nuestra debilidad constitutiva, y también a dejar de ser una víctima que debe confiar su protección a un poder tercero.

Así, al día siguiente del 7 de octubre, no se trataba de vengarse de los palestinos, sino de responder a una señal. La misma que después de Ozar HaTorah: «en los diez días posteriores al 19 de marzo, se contabilizan más de cien actos antisemitas»3. Había que golpear una y otra vez en el mismo lugar.

“El sionismo apunta a cambiar la percepción que se tiene de los judíos, a dejar de exponer nuestra debilidad constitutiva, y también a dejar de ser una víctima que debe remitirse a la protección de un poder tercero.”

La existencia de Israel impide que el antisemitismo tenga asidero. Ya sea de manera física, yendo a Israel para no quedar a merced de una mayoría hostil (es el motivo principal de la aliá: no volver a sufrir la soledad de la inseguridad). O simplemente sintiéndose fortalecido por esa existencia judía autónoma allí. Al tranquilizar a los judíos frente a su precariedad, la existencia de Israel los protege de hecho y desconcierta al viejo antisemitismo. El sionismo no es el único responsable de este retroceso del antisemitismo. La culpabilidad por la Shoá, que «deshonró al antisemitismo», como escribe Bernanos, tiene evidentemente su parte. Aunque el pogromo de Kielce, en 1946 —que causó 42 muertos entre supervivientes de los campos que habían regresado a sus hogares— demuestra que, pese a esa culpabilidad, cuando se trata de judíos miserables, el antisemitismo puede volver a desatarse.

Escribí más arriba: yendo allí o no, lo cual no es del todo cierto. Las instituciones y escuelas que se reivindicaban explícitamente sionistas partían de la hipótesis de la imposibilidad, a largo plazo, del destino judío en la diáspora, valoraban el kibbutz galuyot y trabajaban concretamente en ese sentido, a través de la Agencia Judía y del Bac Bleu Blanc. Eso era lo que se llamaba positivamente “sionismo”, ya que el sionismo constituía el suelo común de las instituciones judías y ya no necesitaba ser nombrado.

Excepcionalidad del hecho judío y ética de la irresponsabilidad

Otra disposición de ánimo del sionismo dominante es la excepcionalidad del hecho judío. Esta excepcionalidad exonera a Israel de toda responsabilidad, sin duda porque el ethos de la diáspora —que no implica una responsabilidad propia— se prolonga. Ahora bien, como escribe Denis Charbit en L’impossible État normal4, Israel no es un proyecto acabado. Mientras exista una diáspora, y mientras exista el antisemitismo, se proyecta sobre Israel el déficit de agencia propio de la condición diaspórica.

El sionismo transmitido en las escuelas judías en los años noventa y dos mil era, por otra parte, si no liberal, sí de facto pacifista. Teníamos una mirada optimista sobre la paz, y aunque pudiéramos lamentar el lado ingenuo de los smolanim, no dejaban de encarnar una cierta grandeza de espíritu, aunque fuera irrealista o impracticable. En cualquier caso, en aquella época no eran considerados en absoluto como traidores. Queríamos ardientemente la paz. Pero no sabíamos ver nuestras propias responsabilidades. Al estancarse el proceso de paz, ya no veíamos en él más que las rigideces árabes, sus rechazos reiterados; repetíamos esos rechazos como verdades intangibles, nunca nuestra propia responsabilidad como potencia ocupante.

Sin embargo, sabíamos bien que existía un eje que iba del pacifismo al sionismo: a los más irredentistas o expansionistas no los calificábamos así, sino como sionistas “más exigentes”. El judaísmo tradicional siempre mantiene una relación de deferencia hacia el más exigente: no lo queremos para nosotros mismos, pero no podemos condenar el exceso de piedad, porque es lo que mantiene vivo el hecho judío. Ese sionismo maximalista estaba encarnado por figuras como Michael Bar Zvi, Gil Taïeb, Jacques Kupfer, Michaël Gurfinkiel. Lo estaba porque, desde el giro electoral de 1977, la primera victoria del Likud, la izquierda judía francesa había dejado progresivamente de ser la correa de transmisión hacia Israel, y figuras más derechistas podían encarnarlo legítimamente. Con este sionismo maximalista manteníamos la misma relación de deferencia que con la ortodoxia judía. Nos volvíamos mudos ante las colonias, porque encarnaban una vanguardia pionera —¿cómo negarse a que un judío viva entre Jerusalén, Siquem y Hebrón?—. Tolerábamos el sionismo religioso porque creíamos que era la tan esperada reconciliación del sionismo laico y el judaísmo. Tolerábamos la deshumanización de los palestinos durante la segunda Intifada porque nos habían decepcionado. La canción «Mahmoud, mon petit Palos», que se burlaba de un niño palestino de Yenín, futuro terrorista, gozaba de cierto éxito entre los adolescentes. Había ahí una reacción a los atentados mortíferos, al antisemitismo enseñado entre los palestinos, pero también, y sobre todo, una mistificación sobre la malignidad consustancial de los palestinos, mientras nosotros, judíos, decíamos amar la vida. Esto continuó con Décryptage de Jacques Tarnero, proyectado en L’Arlequin, en la rue de Rennes: una serie de documentales sobre el sesgo mediático antiisraelí, y una manera de tranquilizarnos atribuyendo exclusivamente a los palestinos la culpa del fracaso del proceso de paz.

“No concebirnos como responsables ni de nosotros mismos ni del otro tiene consecuencias tangibles: no somos conscientes de lo que infligimos a los palestinos al administrar sus destinos.”

Más cerca de nosotros, para explicitar un poco este silencio frente al irredentismo territorial, el rabino Amnon Bazak, figura de Har Etzion, la gran yeshivá del Gush Etzion, fue recibido con grandes honores en las instancias comunitarias a finales de 2024. Que fuera una figura de la colonización no tuvo ninguna importancia. Ministros de extrema derecha también habían sido recibidos, antes del 7 de octubre, por el Consistorio, aunque no por el CRIF, y esta vez el malestar era palpable, porque se percibía claramente que esos ministros ya no representaban el “más exigente” del sionismo, sino una versión monstruosa. Sin embargo, cuando se trata de figuras de segundo plano, de rabinos, de diputados francófonos —como Yomtob Kalfon de Yamina—, o de figuras del Yesha Council, las cosas se hacen con mayor naturalidad y la línea verde desaparece de nuestros espíritus.

Israel como idea

El apego a Israel, como fuente de nuestra autoemancipación y como mandatario del devenir judío, iba de la mano de un relativo desconocimiento de Israel. Basta observar lo que se lee, lo que se encuentra en las librerías “judías”, en las estanterías del público judío culto. Numerosísimas meditaciones sobre la cuestión judía y el antisemitismo, desde la Emancipación hasta la Shoá; una abundante literatura sobre el sionismo y sobre el nacimiento de Israel; y luego parece detenerse ahí. Israel aparece a través de sus escritores, de Amos Oz a Etgar Keret. Pero la historiografía israelí está muy poco traducida. Conocemos el sionismo al dedillo; Israel permanece en estado de idea. Y no es casual: necesitamos a Israel como idea, como garantía de un Estado refugio. Es cierto que lo conocemos dos semanas al año, en Netanya o en Tel Aviv. Nos sorprendemos —y no sé si con entusiasmo o con desconfianza— ante la ausencia de restaurantes kosher en Tel Aviv.

Porque la sociedad circundante es judía, transgredir el judaísmo ya no hace recaer ningún riesgo sobre la judeidad. Lo mismo ocurre con el matrimonio mixto: un juez de la Corte Suprema israelí estimaba, en el caso Shalit de 1970, que la exogamia ya no ponía en peligro la identidad judía —al contrario, el riesgo recaía sobre la identidad no judía, minoritaria en Israel—, y que convenía por lo tanto flexibilizar la definición matrilineal de la judeidad.

Israel, al crear una sociedad judía, ha aflojado el cerco conservador que la condición minoritaria imponía al judaísmo. No digo que no sea posible ser judío y laico en la diáspora; simplemente digo que no nos engañemos: ese estado secularizado es intransmisible. Con la secularización llega la comensalidad, una disonancia cognitiva respecto de la excepcionalidad judía, y resulta imposible justificar durante tres generaciones consecutivas ese gran desdoblamiento entre una asimilación de hecho y el mantenimiento del apellido judío. Una vez más, no es necesario hacer aliá para beneficiarse de la secularización del hecho judío que Israel ha hecho posible, puesto que confiamos a Israel el mandato del nombre judío.

« Ahad Ha’am street », por Chad Nagle, CC BY 2.0

El sionismo tal como se ha construido

La difícil mutación mayoritaria

No se trata aquí únicamente de los callejones sin salida del sionismo tal como se transmite en la diáspora, sino de rasgos fundamentales del propio sionismo. El sionismo es un proyecto que no sabe concluirse. Al hacerlo, conserva características propias de la condición minoritaria en la que nació, características que no son admisibles para un Estado sólidamente establecido y para una sociedad judía mayoritaria. En situación minoritaria y desamparada, el mesianismo es benigno e incluso a menudo loable o saludable: es un “valor-refugio” que permite apaciguarse. En un Estado soberano, en cambio, se convierte en un desinhibidor, en la justificación de todo lo que se puede hacer y, a partir de ahí, se puede hacer cualquier cosa. Puede conducir a empresas teológico-políticas funestas. Ser ahora mayoría conlleva deberes y renuncias.

El primero de ellos es la mutación cívica. El Estado garantiza derechos a las minorías entre sus ciudadanos dentro del territorio de la línea verde, a menudo de manera impropia, pero ¿es eso realmente suficiente como relación con sus minorías? Puede subsistir un distingo tácito entre la identidad nacional del grupo mayoritario y la identidad cívica de todos; con todo, sea verdadero o no, todos los países democráticos afirman superar lo étnico y lo religioso, y fundar su nacionalidad únicamente en la adhesión a valores —que resultan ser los mismos en todas partes—. Israel no dispone de una identidad cívica que se confunda con la nacional, ni tampoco lo reivindica. La idea de una identidad cívica, definida culturalmente por su base mayoritaria y acogedora para sus minorías, no fija allí ningún paradigma al que conformarse a largo plazo. Hay judíos, hay drusos, hay árabes (o palestinos), y no se ve cómo superar esta división del país, inalterada desde el sistema de millets otomano.

“El ethos de la diáspora, que no implica una responsabilidad propia, se prolonga y exonera a Israel de toda responsabilidad.”

Pero el problema más grave del sionismo es, a mi juicio, su incapacidad para concebir a Israel como responsable de sí mismo. Puesto que no fuimos responsables de nosotros mismos cuando éramos minoría, no logramos tomar conciencia de nuestras responsabilidades reales hoy. Y ello de manera aún más marcada desde 1967, cuando comenzamos a ejercer una responsabilidad sobre el Otro. Un ejemplo para ilustrarlo. En 2002, en pleno apogeo de la segunda Intifada, apareció Histoire de l’Autre, un pequeño manual de historia de Israel y de Palestina, escrito por historiadores de ambos países. En las páginas pares, el relato israelí; en las impares, el relato palestino. El objetivo de esta edición era escucharse mutuamente, medir lo que vive el Otro. Lo que me impactó al leerlo es que, en el relato que los palestinos hacen de sí mismos, están totalmente ausentes hasta la víspera de la primera Intifada. Consciente o inconscientemente, los historiadores palestinos que concibieron su mitad de la obra hicieron el relato… del Otro: la sociedad judía israelí. En esos mismos años —de Balfour a 1986—, los historiadores israelíes, en cambio, elaboran un relato en el que el Yishuv, Israel, los judíos, tienen agencia. El punto de inflexión se produce en el libro con la primera Intifada. Los palestinos entran entonces en ambos relatos. Es en ese momento cuando el libro se vuelve simétrico. Cuando Israel empieza a darse cuenta de que ejerce una responsabilidad de hecho sobre los palestinos de Cisjordania y Gaza, el tono cambia en el libro, e Israel deja de tener agencia, se vuelve puramente reactivo. Lo que trasluce en estos historiadores israelíes, pacifistas, es en general válido en todo Israel: la idea de ser responsable de uno mismo, objetivo primordial del sionismo, tropieza cuando se es también responsable del Otro. Readoptamos entonces el ethos irresponsable de la diáspora: está en nosotros; la existencia de Israel sigue estando amenazada; el antisemitismo persiste; y nos mostramos incapaces de medir nuestras propias responsabilidades. Israel fracasa en su misión de sacar a los judíos de la anormalidad. El ethos de la diáspora combinado con una soberanía por fin efectiva exacerba esta miopía profundamente humana.

No concebirnos como responsables ni de nosotros mismos ni del otro tiene consecuencias tangibles: no somos conscientes de lo que infligimos a los palestinos al administrar sus destinos. La palabra ocupación es casi tabú en el mundo judío. Jerusalén Este está anexionada; la Jerusalén unificada es una ficción: nos negamos a ejercer allí nuestra plena soberanía, a convertir a todos sus residentes en ciudadanos. No percibimos a los colonos como tales, es decir, como colonos protegidos por la metrópoli israelí y que ejercen una dominación sobre la población circundante. El “nosotros” aquí quizá sea exagerado: el rechazo de la colonización no es insignificante en Israel; su peligro está bastante bien medido y no constituye ningún tabú. Pero ocurre que actuamos como si no tuviéramos elección. Reconocemos que existe en efecto una ocupación “mesiánica” del territorio, que hay que criticar, pero que la ocupación “securitaria”, en cambio, sería un imperativo impuesto por la amenaza terrorista. No somos responsables de ello; no podemos irnos aunque reprobemos las colonias; y toda la responsabilidad recae en los rechazos del Otro palestino. Si Abbas hubiera aceptado el plan Olmert, entonces nos habríamos ido; pero no lo hizo, así que nos quedamos y ampliamos las colonias. No vemos la ocupación. Las indignaciones provocadas por el Óscar recibido por No Other Land lo muestran una vez más. No queremos ver lo que significa ocupar un territorio y a su población, administrarlos militarmente.

“De algún modo, dado que Israel parte del principio de que no se lo juzga por lo que hace, sino por lo que es, se comporta deliberadamente mal, para irritar al antisemita.”

Tampoco somos conscientes del régimen discriminatorio impuesto en Cisjordania y en Jerusalén Este, es decir, de discriminaciones de derechos —derechos de instalación, de construcción, de desplazamiento, de comercio, la sujeción a una justicia heterónoma y militar— en un mismo territorio según criterios nacionales. Todo ello se vive como algo temporal, a la espera de que el conflicto se resuelva, sin que por lo demás intentemos resolverlo. Sin que midamos realmente nuestra condición de ocupantes —de ahí la expresión eufemística “territorios disputados”—. Insisto en una obviedad al decir que esta temporalidad dura ya 58 años, y que las perspectivas no apuntan a una prolongación, sino a la salida del statu quo mediante la anexión formal, lo que se convertiría entonces en un “apartheid” asumido.

El fin del statu quo

Salimos del statu quo por lo peor. Desde diciembre de 2022, y más aún desde la guerra en Gaza, Israel se hunde en el abismo. No reconocíamos la Nakba, pero hoy la Nakba es reivindicada para ser infligida por “segunda” vez en Gaza y en Cisjordania. El Estado de derecho se desmorona.

Una frase proverbial atribuida a Golda Meir, no exenta de justeza, se invoca a menudo en Israel: «preferimos vuestras condenas a vuestras condolencias». En una suerte de huida hacia adelante, Israel busca precisamente las condenas, minando sus relaciones diplomáticas con todas las cancillerías europeas y con los candidatos a los Acuerdos de Abraham. Entierra de manera estrepitosa esa solución de dos Estados cuya perspectiva se vuelve cada vez más difusa. De algún modo, puesto que Israel parte del principio de que no se lo juzga por lo que hace, sino por lo que es, se comporta deliberadamente mal, para irritar al antisemita.

Y ello sin hablar de la conducción de la guerra en Gaza: de los proyectos deliberados de limpieza étnica, de los bombardeos indiscriminados, de los crímenes de guerra cometidos, del uso del hambre como arma de guerra, de las detenciones en condiciones inhumanas de prisioneros palestinos en Sde Teiman y de su extensión a Cisjordania, de la deshumanización generalizada de los palestinos y de su borrado completo, incluso en los discursos contra la guerra.

« Kibbutz Galuyot Rd right » por Adam Fagen, CC BY-NC-SA 2.0

Por un sionismo sin la ocupación

Resolver por fin la cuestión palestina

Los antisionistas se lamentan a menudo de que, cuando se hace el examen crítico de Israel, se restrinjan nuestras críticas a la colonización de Cisjordania, al actual gobierno de extrema derecha, sin ver las raíces de esa colonización ni las responsabilidades de los gobiernos anteriores —Likud o laboristas, ambos laicos— en la colonización y en el fracaso del proceso de paz. Y se lamentan de que lo hagamos para salvar nuestro sionismo no irredentista. Esta crítica no es falsa, pero está truncada. Nuestras críticas se dirigen a este gobierno porque, efectivamente, es más peligroso que los anteriores y porque es contra él contra quien hay que luchar hoy. Pero es el sionismo realmente existente el que debe ser culpado de la colonización.

El objetivo de este ejercicio no es salvar el sionismo laico por contraste, sino redefinir nuestro sionismo sin la ocupación; de ahí este camino de crítica interna.

La colonización no data de diciembre de 2022 ni de Netanyahou, sino del pos-67. Fue alentada tanto por la derecha como por la izquierda, por motivos religiosos, securitarios, territoriales. Por motivos securitarios, cerrando los ojos ante las motivaciones religiosas de los propios colonos —que entonces le quitan toda racionalidad a lo que los motivos securitarios podían tener—. También fue concebida por la izquierda, así que por Yigal Allon.

“Sin resolver la cuestión palestina, al sionismo le cuesta asumir ese papel de Estado-refugio, de normalizador de la identidad judía, de desactivador del antisemitismo.”

Cuando, en 1968, el Gush Emunim5 refundaba el Gush Etzion, se hacía a la vista y con conocimiento de la administración militar de Cisjordania, y era ratificado a posteriori por el Estado. La idea subyacente del Estado —entonces laborista— era, ciertamente, ocupar con colonias, pero como “colateral” para negociar la paz, o bien ocupar esos territorios para garantizar la seguridad de Israel. No era esa la idea que tenían los colonos: para ellos Cisjordania era “tan judía como Tel-Aviv”. El gobierno era consciente de ello, pero aun así lo dejó prosperar. El KKL, cuya vocación era comprar tierras y mantener bosques y tierras agrícolas para el Yishouv gracias a las donaciones de la filantropía judía de la diáspora, cambió de razón de ser después de 1967 y extendió progresivamente su acción a la colonización de Cisjordania, puesto que ya no había tierras que adquirir después de 1948.

Todo ello hace que no pueda mirarse la colonización de Cisjordania como un fenómeno demasiado acotado. ¿Hay que considerarla más bien en continuidad con el establecimiento del Estado de Israel? Eso exigiría hacerlo con matices, porque no se puede asimilar el establecimiento de colonias en un territorio ocupado y administrado desde una metrópoli vecina al poblamiento de un territorio al que los judíos aspiran desde hace dos milenios, sin apoyo externo, con vistas a establecer allí un Estado independiente, el suyo y solo el suyo6. Exige hacerlo con tantos más matices cuanto que la palabra “colonial” es hoy una palabra minada: atribuye una esencia al Estado de Israel y tiene un objetivo claro, deshacer lo que la Historia ha hecho, dando por perdidas y amortizadas las judaicidades israelíes.

Hay que mirar de frente la dimensión colonial de la fundación de Israel, y hacerlo sin falsas concesiones. Hay que interrogar el mito de “la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, mito pronto desmentido por la realidad. El Yishouv se instaló ciertamente en la llanura costera y en el valle de Jezreel, poco poblados por palestinos, pero también estaban allí, y no puede negarse que la idea de un Estado judío implicó la desposesión nacional de los residentes no judíos (así lo formulaba la Declaración Balfour). La idea de otorgar ciudadanía plena y entera a los palestinos en un Estado judío solo venía con una segunda intención: si no son muchos. Habría sido imposible que el Estado nacido de la Resolución 181 fuera un Estado judío y democrático sin la partida de una parte de la población palestina; y si el exilio y la expulsión de los 700.000 palestinos no eran enteramente imputables a Israel, la negativa a su retorno sí lo era, porque amenazaba la viabilidad de Israel.

Sin resolver la cuestión palestina, al sionismo le cuesta asumir ese papel de Estado-refugio, de normalizador de la identidad judía, de desactivador del antisemitismo. No podemos —ni debemos— revocar nuestra solidaridad de destino con Israel, y es en solidaridad con Israel que considero que Israel debe resolver la cuestión palestina para perfeccionar su papel emancipador respecto del hecho judío. La cuestión palestina es, sin duda, la que Israel más ha esquivado, antes de intentar resolverla en los años 90-2000, y luego de envenenarla por completo desde entonces. A menudo disociamos la cuestión del antisemitismo en la diáspora y la del conflicto israelo-palestino, porque no queremos que el antisemita pueda descargarse de su responsabilidad propia atribuyéndola al conflicto. Pero ambas cuestiones están efectivamente entrelazadas: el sionismo es la respuesta autónoma de los judíos al antisemitismo. Ahora bien, mientras Israel siga siendo una herida abierta para los palestinos, mientras ignore sus consecuencias sobre el otro, mientras se haga al precio continuado de la subyugación de otro pueblo y mientras se enrede en guerras mortíferas y de términos indefinidos, Israel no puede ser esa nación realmente independiente que debe transformar de manera duradera el hecho judío.

La historia no ha terminado

La historia no ha terminado, y puede ser de otro modo. Se trata de separar a los dos pueblos y establecer dos Estados. Es decir, establecer un Estado palestino junto a Israel, sobre fronteras cercanas a las de la línea verde, teniendo en cuenta las realidades demográficas de los grandes bloques de colonias, según el plan Olmert–Al Kidwa. Solo una solución así puede resolver este conflicto, elevar a los palestinos a la misma dignidad nacional que los judíos alcanzaron el 14 de mayo de 1948. En un Estado palestino así, los descendientes de los refugiados de 1947-1949 gozarían por fin de una ciudadanía. Es ahí donde reside ya la mayoría, conservando allí el estatuto de refugiado. Los exiliados fuera de la Palestina mandataria —en Líbano, Siria, Jordania— podrían ejercer un derecho de retorno en una Palestina soberana. No hay que engañarse: es una renuncia fuerte para los palestinos abandonar el proyecto plurigeneracional de retorno a lo que hoy es Israel —la llanura costera, Jaffa, Lydda, Ramle, Haifa—.

Israel creyó durante mucho tiempo que lo que se llama la Nakba no era más que un hecho de la historia; que la expulsión de los palestinos ya estaba compensada por la de los 800.000 judíos del mundo árabe; que se trataba de un traslado de población similar al conflicto greco-turco en Chipre, a la partición de la India o al repatriamiento de los alemanes nacionales y étnicos. Permanece una diferencia importante: los refugiados palestinos no gozaban de una ciudadanía al día siguiente de la guerra de independencia; no eran ni repatriados ni “impatriados” en una Palestina soberana. Se puede imputar a Israel la responsabilidad de la imposibilidad de su retorno, no la de la anexión por Jordania y Egipto de los territorios palestinos y del mantenimiento de los palestinos como refugiados en esos territorios hasta 1967. Desde entonces, Israel es además responsable de la no aparición de un Estado palestino. ¿Qué hacer hoy con el derecho al retorno? A mi juicio, debe derrumbarse con el advenimiento de un Estado palestino, o más bien realizarse en ese Estado palestino. Permitir el retorno de los palestinos —que ya no son 700.000, sino 5,8 millones7— significaría el fin de Israel como Estado judío y democrático. No solo Israel no puede consentirlo, sino que me parece el menos plausible de los escenarios.

“Pensar que Israel podría querer admitir el retorno de los refugiados y renunciar a su determinación nacional como Estado judío es grotesco. ¿Cómo perpetuar la Ley del Retorno en un país donde los judíos ya no representarían la mayoría del cuerpo social?”

Israel y Palestina forman una “One-State reality” en la que las zonas de poblamiento están entremezcladas; en la que el derecho civil israelí se aplica por lo general a los colonos de Cisjordania y el derecho militar a los palestinos, en proporciones variables8. Si ambas poblaciones viven en efecto una al lado de la otra, viven separadamente, y las anima un odio tenaz y mutuo. Está justificado, de un lado, por el 7 de octubre, los atentados suicidas de la segunda Intifada y el rechazo del reconocimiento, pero también a veces motivado por el racismo antipalestino. Del otro lado, está justificado por la guerra mortífera llevada a cabo en Gaza, la violencia desinhibida de los colonos en Cisjordania9, la ocupación y sus humillaciones, la represión de las dos Intifadas, el recuerdo del exilio, y a veces también motivado por el antisemitismo y por el rechazo de la derrota de 1948. Ese rechazo se ha prolongado indefinidamente por la no resolución, ni en 1948 ni en 1967, del segundo componente del plan de partición. Israel mantiene Cisjordania y se niega a frenar la colonización. Pensar que Israel podría querer admitir el retorno de los refugiados y renunciar a su determinación nacional como Estado judío es grotesco. ¿Cómo perpetuar la Ley del Retorno en un país donde los judíos ya no representarían la mayoría del cuerpo social? ¿Cómo, razonablemente, poner en común la potencia militar de Tsahal —sin hablar de la bomba atómica— y, por tanto, ceder la mitad de su control al pueblo palestino, cuando los intereses de los dos pueblos divergen hasta ese punto? Todo ello es infinitamente menos plausible y menos deseable que la retirada de unos 200.000 colonos. Grupos —judíos y palestinos— con intereses tan divergentes, con condiciones sociales y de desarrollo económico tan diferentes, no pueden formar un sistema político sano y libre. Derivará hacia un puro juego de representatividad de los grupos y dejará de ser un sistema democrático. Élie Beressi ha demostrado más adelante en las páginas de Le Point10 la aporía que constituiría un Estado binacional.

Contornos de la solución de dos Estados

La solución más sana y practicable es, efectivamente, la separación de los dos pueblos en dos Estados. Un Estado judío, que seguirá contando con una minoría palestina que representa el 20% de la población, que integrará los bloques de colonias pobladas y fronterizas, así como la Ciudad Vieja de Jerusalén. En esta configuración, un tercio de los colonos deberá ser evacuado11, quizá menos con otro trazado de fronteras.

Un Estado palestino cuya capital sea Jerusalén Este; que se vuelva por fin soberano sobre lo esencial de Cisjordania; que ya no sea ese bantustán sometido al yugo militar israelí a las puertas de cada ciudad. Un Estado que haga ciudadanos a todos sus residentes palestinos, sean o no refugiados, y que pueda decidir acoger también a los refugiados palestinos del extranjero. Un Estado que, además, estaría desmilitarizado, puesto que Israel solo puede ceder el poder que ejerce sobre Cisjordania y Gaza con la condición expresa de no poner en juego su seguridad elemental.

Presentada así, la solución está desequilibrada para los palestinos, y lo está en efecto. Sin embargo, hay que medir el alcance de las concesiones que debe hacer Israel en un escenario así: renunciar a una ocupación que —si sus objetivos no eran únicamente militares, sino también irredentistas y mesiánicos— lo eran en parte; renunciar a un poder que ejerce hoy. Renunciar a Cisjordania significa también renunciar a Judea-Samaria —su nombre hebreo—. La llanura costera no representa casi nada en el imaginario terrenal del judaísmo; todos los lugares santos centrales (o casi) del judaísmo están en Judea-Samaria: el Monte del Templo / la Explanada de las Mezquitas, administrada por el Waqf; la Tumba de los Patriarcas en Hebrón; la Tumba de Raquel en Belén; la Tumba de José en Sichem (Nablús).

Sobre todo, esta solución permite poner fin a la ocupación de los palestinos, darles una soberanía nacional, hacerlos dueños de su destino, y salir por fin del ciclo abierto en 1948 que consistía en no registrar la derrota árabe y volver a jugar en cada guerra la apuesta de 1948. Entonces había 2 millones de palestinos y judíos en esta tierra; hoy hay 15 millones. Está en juego el futuro de estas dos poblaciones y la posibilidad de hacerlas existir lado a lado en paz.

Con agradecimiento a nuestro traductor Julian Bedoya.

  1. «Benyamin Netanyahou no debe olvidar que su país fue creado por una decisión de la ONU, declara Emmanuel Macron; el primer ministro israelí le responde», Le Monde, 15 de octubre de 2024. ↩︎
  2. A finales de marzo de 2025, una conferencia organizada por el Ministerio de Relaciones con la Diáspora debía reunir a los actores de la lucha contra el antisemitismo —en la práctica, las extremas derechas europeas—, las mismas que ya habían sido congregadas por la National Conservatism Conference, junto con un pequeño grupo de dirigentes institucionales judíos de la diáspora. Sin embargo, la mayor parte de los invitados inicialmente previstos dentro de ese círculo decidió retirarse de la conferencia al enterarse de que se había invitado a las extremas derechas europeas. ↩︎
  3. Jonas Pardo y Samuel Delor, Petit manuel de lutte contre l’antisémitisme, 2024. ↩︎
  4. Este libro consiste también en ese ejercicio de examen crítico del sionismo, de sus puntos ciegos y de sus límites, desde una perspectiva sionista. Ha sido una guía para la redacción de este artículo. ↩︎
  5. El Gush Emunim o bloque de los fieles, es un movimiento político y mesiánico israelí fundamentalista que justifica la creación en Cisjordania / Judea Samaria de colonias judías según un imperativo religioso. ↩︎
  6. He intentado realizar ese ejercicio —el de examinar la fundación de Israel— en esa lectura crítica de ¿Israel, hecho colonial? de Maxime Rodinson. ↩︎
  7. Estimación del número de refugiados y de sus descendientes en 2021. ↩︎
  8. ¿A lo que se puede calificar de “apartheid”? Véase al respecto en K.: “Apartheid”: un elefante pintado de rojo y “Apartheid” o la negación de la política en el conflicto israelí-palestino. ↩︎
  9. Es difícil calificar de manera unívoca la naturaleza del derecho que se aplica a los colonos. Algunos ámbitos del derecho dependen del derecho civil, otros del derecho militar, lo que hace que las colonias estén anexadas en derecho, al menos parcialmente. La asociación Yesh Din registra desde 2015 todas las legislaciones que pueden asimilarse a una anexión en derecho en la Annexation Legislation Database. ↩︎
  10. Élie Beressi, “¿Es viable un Estado único israelí-palestino? Elie Beressi responde a Rima Hassan”, Le Point, 17 de noviembre de 2023. ↩︎
  11. Según los datos demográficos recopilados por Shalom Akhshav. ↩︎
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Alexandre Journo

Alexandre Journo es crítico e investigador independiente. Escribe sobre la historia de las ideas que han animado el mundo judío para diversas revistas, para la revista Daï, de la que es uno de sus animadores, y en su blog. Sus investigaciones se centran en la literatura judía, el franco-judaísmo, el problema de la asimilación, el sionismo y el antisionismo. Asimismo, es miembro de la junta directiva de La Paix Maintenant.